Mientras navego, lucho, mato, hiero y soy herido, pienso
en ti, Penélope.
Tantos años de horror y lejanía no borran de mí el universo de
tus ojos. Tus labios, un oasis. Tus caricias, un océano de fuego.
Atarme al velamen o taponarme con cera lo oídos ¿para qué?,
si solo tu canto me hipnotiza. Sirenas querrán que las ame, pero el deseo, para
mí, se llamará eternamente Penélope.
Cegaré al cíclope de la lejanía, y regresaré a ti, al
fresco bosque de tu entrepierna, recorreré tus montañas, valles y hondonadas.
Y tú, Penélope Preciosa, cada noche, destejerás en sueños
la mortaja del olvido que me tejes despierta.
Regresaré, Penélope y con mi arco, desterraré del palacio
a los pretendientes que lujuriosos te acechan.
Enfrentaré a los dioses. Aún a Homero.
Superaré cada una
de sus pruebas y regresaré a ti: Penélope, porque eres mi patria. Mi Ítaca
amada.
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